Caracas Dos Máscaras: La verdad de Fresa y Chocolate

28 ene. 2014

La verdad de Fresa y Chocolate


Fresa y Chocolate habla al espectador de la intolerancia en dos grandes vertientes: la orientación sexual y la ideología política



Por Catherine Medina
@cdmmarys
Imágenes cortesía Trasnocho Cultural

El sueño de todo autor es que su obra no se pierda en el tiempo. Y las grandes obras resaltan por su versatilidad para adaptarse a su paso. Trono de Sangre, película dirigida por Akira Kurosawa en 1957, es una adaptación de Macbeth, obra teatral escrita por William Shakespeare en 1606; Alegoría de las Cavernas, de Platón, inspiró a los Hermanos Wachowski en 1999 a escribir el guión que se convertiría en la célebre trilogía de The Matrix.

Pero además existe otra clase de obras que trascienden porque, sin tener que acudir a las brujas de Macbeth o a las píldoras azules y rojas de Morpheus, logran aferrarse a los años porque lo planteado en estas son problemas humanos presentes en todas las generaciones, como la religión, la ideología política, la sexualidad, el amor, y la intolerancia. Este es el caso de El Lobo, el Bosque y el Hombre Nuevo, cuento de Senel Paz que le hizo ganar el Premio Juan Rulfo otorgado por Radio Francia Internacional. Posteriormente el mismo Paz lo adaptaría a un guión cinematográfico, y la nueva versión del famoso cuento, Fresa y Chocolate, quedó grabada en la historia del colectivo cuando se estrenó en el Festival de la Habana en 1993. Casi veinte años después, Paz convirtió su cuento en una pieza teatral para tres personajes, con el mismo título.


Fresa y Chocolate habla al espectador de la intolerancia en dos grandes vertientes: la orientación sexual y la ideología política, y de cómo esa intolerancia puede ser vencida por la amistad, que es otra de las formas en las que se expresa el amor.

La historia

Tanto el cuento como el montaje teatral están enmarcados en la Cuba de 1979 y se centran en la amistad –imposible a simple vista- de dos hombres diametralmente opuestos: David,  militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, heterosexual y actor retirado, y Diego, un profesor homosexual, culto y firme opositor de la Revolución, enamorado secretamente de David desde que lo viera actuando en un montaje de Casa de Muñecas y quedara prendado de él.

Tras una conversación incómoda, David va a casa de Diego en busca de unas fotografías. Pero el encuentro no queda allí, y con el impulso de Miguel –un militante revolucionario– y con la intención de conocer qué trama el gay que esconde “güisqui” en su casa, David revive varios encuentros con Diego.  

David personaje interpretado por Daniel Rodríguez depone sus prejuicios para darse cuenta de que los homosexuales como Diego –Juan Vicente Pérez– no son depredadores de ese Hombre Nuevo que promete la Revolución, sino que más bien son individuos que podrían enriquecerla.

Sin embargo, el personaje que más se sacrifica en esta relación de dualidad es Diego, quien al darse cuenta de que David nunca podrá corresponderle de la manera que él espera, doblega sus intereses y hace lo posible por mantenerlo como amigo, pues sólo de esta forma podrá estar con él.

La renuncia de cada personaje con respecto a sus primeras intenciones los desnuda hasta que son capaces de reconocerse el uno en el otro, más allá del color ideológico o el multicolor de la orientación sexual, y es cuando nace la amistad pura y sincera, que no es sino uno de los tantos matices que tiene el amor en las relaciones humanas. Amistad severamente cuestionada por Miguel, quien vigila de cerca los pasos de David.

La interpretación del Grupo Actoral 80

Esta pieza llega a Venezuela gracias al Grupo Actoral 80, por petición de Juan Vicente Pérez, que es según Daniel Rodríguez, quien propone la puesta en escena de este montaje. Así comenzó el trabajo actoral –dirigido por Héctor Manrique durante dos meses, desde noviembre hasta su estreno el 17 de enero, parando únicamente el día de Navidad y el Año Nuevo. El resultado de este corto pero exhaustivo período de ensayos cosechó sus frutos: cada actor logra encarnar por completo a su respectivo personaje. Lo entienden, lo poseen, lo llevan adentro y lo exteriorizan cada vez que pisan las tablas y se disponen a representar esta historia agridulce, de encuentros y desencuentros.

La puesta en escena es detallista, pero sobria. Hace uso de un único escenario que permite precisar tres lugares totalmente distintos sin ninguna dificultad: la casa de Diego, la famosa heladería Coppelia, el despacho de Miguel, esa sombra que amenaza constantemente la amistad entre Diego y David.

Sin embargo, el mayor acierto es la elección de la pieza en sí, pues su planteamiento calza con los padecimientos sociales de la Venezuela actual: la intolerancia, la incapacidad del diálogo no sólo entre nuestros dirigentes sino entre nosotros mismos, y la emigración como la única salida. El montaje no sólo enumera los problemas de la sociedad, sino que nos conforta con la posibilidad del reencuentro, con el aprendizaje de que no importa cuán distintas sean dos personas, siempre y cuando exista la disposición a construir un puente entre ellas.

Al término de esta experiencia varias son las preguntas que necesitan ser respondidas: ¿Quién es el verdadero lobo? ¿Diego, el homosexual que debe emigrar para poder ser él mismo, o Miguel, el comisario político que lo persigue simplemente por ser distinto a lo que espera la Revolución de un hombre? Y, más importante aún, ¿Quién es este Hombre Nuevo que promete la Revolución? ¿El David homofóbico, precámbrico, que se presenta en el primer monólogo? ¿O el David que se transforma como consecuencia de su amistad con Diego?

Afirmé al principio que el sueño de cada autor es que su obra no se pierda en el tiempo. La prevalencia de Fresa y Chocolate en el tiempo tiene una razón agridulce: la brillantez de Senel Paz para detectar un problema que se sigue repitiendo no sólo en Cuba, el país que sirvió de inspiración, sino en todo el mundo, y muy particularmente en nuestro país. 

Posiblemente llegue un día en el que Fresa y Chocolate se siga representando para recordarle al mundo una terrible pesadilla que no debe repetirse jamás, y mientras ese momento llega, es necesario saber que es posible abrir la mente, y más aún: reconocer que la libertad de pensamiento es más colorida que una sola bandera unicolor.

Porque una copa de helado se ve más apetitosa cuando tiene varios sabores. Sobre todo si entre ellos están la fresa y el chocolate.

La pieza se presenta en el Teatro Trasnocho, los viernes a las 8:00pm, sábados y domingos a las 6:00pm.


2 comentarios:

  1. Anónimo1/29/2014

    Muy acertada tu critica, me encanto. Espero qu asi podamos aprender que la amistad y la tolencia estan por sobre todas las diferencias politicas, religiosas, sexuales, ect... Ademas que la intolerancia es como bien dices, es algo que nos afecta a todos y sucede en todas partes del mundo.
    Saludos y un abrazo "Parcerita"

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  2. Brillante. Que sigan tus éxitos!

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